El lenguaje
de los niños es el más puro de todos los lenguajes que existen: un lenguaje sin mentiras, sin la capacidad
mental para poner las cosas donde las queremos.
Es un lenguaje totalmente sincero,
lleno de verdad, honesto. Es el primer
intento del niño de comunicar. Desea
salir de su cascarón para poder encontrar contacto, relación, comunión. Luego busca comprensión.
En el lenguaje del niño no
existe: “Seré rechazado.” Si esto existiera no se acercaría. No aparecen frases como: “Tengo miedo”; “Es malo”;
“Me dolerá”; “Es peligroso”, …
El niño está conectado con la
vida y desea encontrarla, sentirla, comprenderla, unirse a ella, hacer un
puente.
Si el niño no tuviera un
lenguaje no actuaría. Cuando el niño
extiende su mano ya ha pensado: “Quiero
tocar esto.”

Es imposible saber con exactitud
qué es lo que el niño está pensando; sólo Dios y él pueden saberlo, aunque ni
él mismo pueda comprenderlo, sino solamente sentirlo. Y aunque parezca algo tonto, inverosímil,
falaz e inaceptable, nosotros los adultos podemos usar el lenguaje verbal muy
mal, debido a nuestra incapacidad para entender al niño dentro de
nosotros. Estaremos caminando como
alguien que está un poco al lado de sí mismo, porque ha roto el hilo entre su
niño y su adulto. Este lenguaje del niño
es un lenguaje que debe crecer dentro de nosotros hasta que logremos plenitud
en las diferentes áreas de nuestro interior, y permanecer allí por siempre.
Hemos creído que anular al niño en
nosotros es madurez, pero es todo lo contrario; es haber vuelto fácil algo que
no lo es. Es haber desechado algo esencial,
lejos de aprender a manejarlo y aplicarlo correcta y edificantemente.
El punto a comprender aquí es: Aunque
no haya total claridad en nuestros sentimientos o en las circunstancias, debe
haber verdad en nuestros principios y razonamientos. Si hubiésemos entendido esto antes, habríamos
podido ahorrarnos muchísimos dolores en todos los ámbitos de la vida. Se hacen guerras, se rompen relaciones, se
provocan heridas profundas, por nuestra incapacidad para comunicar la verdad.
La verdad que el niño comunica
no está en las palabras; está en todo lo
que él hace. Pudiendo comprender así que
al aprender a hablar mutilamos nuestro ser, dejando a un lado la verdad, para
pasar al imperio egoísta. Las palabras
reducen la vida a: “Esto es lo que
quiero que enfoquemos”. Cuando debe de
ser: “Dentro del contexto del todo, quiero
que nos concentremos en este punto por un momento, para …” Si lográramos esto, podríamos proteger la
vida y el amor; estaríamos en control
para defenderlos, en lugar de vivir constantemente en peligro, debido a la
falta de verdad.
Se invierten millones de
millones en el mundo entero para averiguar la verdad acerca de tantas cosas: salud, medicina, corrupción, inestabilidad,
inmadurez, problemas sociales, amor, felicidad … Y esto se debe a que no hemos
sido enseñados a crecer hablando verdad.
Se nos ha enseñado a callar, a reprimirnos, a mentir, a defender
nuestros sentimientos, y al final todo esto no es sino la triste verdad de que
estuvimos a punto de cambiar la verdad
por el engaño.
Si logramos respetar los
sentimientos, los deseos, las necesidades de nuestros hijos, intentando
descubrir y comprender por qué quieren hacer lo que hacen, vamos a aprender a
vivir: Lo que debemos decir no es: “¡No toques!”
Si realmente es algo que no debe tocar porque corta, quema, lastima,
etc., lo retiramos SIN PALABRAS. Y nos
queda la obligación para con la vida de averiguar por qué quería tocarlo. Entonces, vemos que quisimos simplificar algo
completamente complejo, que demanda el uso de nuestro cerebro, pudiendo
explicar por qué ni siquiera Einstein, que es uno de los hombres más
inteligentes que han existido, usó más del 10% de su capacidad cerebral.
La vida se compone de millones y millones de
partes más pequeñas, y no debemos afligirnos por esa realidad, sino abrirnos a
la maravillosa verdad de que debemos percibir lo que está a nuestro
alcance: nuestra personalidad, nuestro
entorno, nuestros seres amados, nuestras posesiones, … color, tamaño, luz, distancia,
sonido, textura, aroma, olor, temperatura, presión, velocidad, sensación, …
Cuán vasta, cuán excitante, cuán
emocionante, cuán complicada sería la vida entonces, ¿no? Y así es.
Empieza por nosotros. Y no
termina nunca. Existen límites
protectores para nuestra mente y cuerpo, pero nuestro corazón se une al
infinito de la vida eterna, que nos espera en el cielo, en donde no habrá más
dolor ni tristeza, ni miedo, ni enfermedad, ni muerte, ni peligros. No tenemos
la obligación de averiguar lo que cada persona siente, desea o necesita. Tenemos la obligación de hacer esto con
respecto a nuestra propia vida, y tenemos la obligación de estar en control de
nuestra vida, es decir, de aprender y saber todo lo concerniente a lo que cada
uno maneja, en lugar de estar aprendiendo cosas que no tienen ninguna relación
directa con lo que hacemos a diario.
Es un verdadero reto que la da
sabor, sentido y propósito a nuestras vidas.
No es “hacer”, para que todo esté bien.
Es “ser”, para disfrutar todo lo
que está bien; contribuir a que todo permanezca bien, y lograr que todo lo
que hagamos esté bien, porque sabemos qué es lo que está bien.
El niño no se cohíbe. Sonríe,
mueve sus manos, sus brazos, … y sus movimientos no son precisamente una
descripción perfecta de armonía a ojos de los observadores. Porque no habla, no
pide; va por ello; llora porque le cuesta y se siente frustrado; tiene calor y no puede quitarse el suéter; tiene sed y no puede pedir agua; tiene hambre y no puede decirlo. Se enoja porque siente dolor, y lo
expresa; tira el juguete que lo
golpeó. Hala con fuerza eso que no
quiere llegar hasta donde él está, y hace ruido, se pone colorado, se estira,
se molesta, se desespera. Algunos se rinden,
otros se lastiman intentando, otros lloran.
Esto es lo que en realidad
somos.
El lenguaje del niño debe
permanecer con nosotros. No debemos
asesinar al niño dentro para volvernos egoístas satisfechos que se creen inmaculados
porque no emiten ni un solo ruido afuera de lugar. Adultos que no hacen caras. Personas que se han desarrollado físicamente
al punto de creer que no controlar cada cosa que sienten es un peligro,
insensatez, inmadurez, falta de educación, incorrección, despreciable,
inadecuado, desagradable, malo.
¿Cómo separamos lo uno de lo
otro? ¿Qué es bueno, qué es malo? ¿Qué es positivo, qué es negativo? ¿Qué es correcto, qué es incorrecto? La respuesta a estas preguntas empieza en nuestra
individualidad; nuestra identidad. Todo encajará perfectamente bien con las
leyes de Dios, si empezamos por aceptar la verdad acerca de nosotros mismos. Sin verdad todo es una pantomima; hemos logrado construir una fachada atractiva
que nos convence de que dios y yo somos casi iguales.
Libertad. Para encontrar la verdad necesitamos
libertad. Si creemos estar vivos y tener
amor, tenemos que tener libertad. Libertad es ser nosotros mismos. Y la libertad que el Hijo de Dios nos ofrece
es la libertad de nuestra concupiscencia, de nuestra parte corruptible, de nuestra
pecaminosidad, de nuestras inclinaciones y deseos impuros.
Al restringir a nuestros hijos
los estamos cohibiendo, empujándolos desde temprano a tener en ellos una
contradicción entre lo que pueden hacer y lo que la sociedad les enseña que deben
hacer; una contradicción entre lo que desean
y quieren, y lo que se les permite y se les exige. Esto nos lleva a violencia, que se manifiesta en desesperación, irritabilidad
exigencias, agresividad, incumplimiento, inestabilidad, desequilibrio, etc.
¿Qué es la vida sin
lenguaje? Una cárcel insoportable.
No habíamos logrado notar que
nuestra forma de comunicación es totalmente inefectiva debido a la falta de
verdad. No se nos permite
enojarnos. “No es sabio ni prudente
hablar de nuestros sentimientos”, nos dicen y enseñan. Somos guiados a vivir en un hermetismo
egoísta que nuestra mente y nuestra parte sentimental no pueden manejar. Pero lo resolvemos todo con bienes
materiales, pensamientos, ideas y creaciones, que son nuestros juguetes adultos
para aguantar, mal o bien, la presión interna que contenemos sin ni siquiera
imaginarlo.
El niño existe. El vive.
El desea, se expresa, intenta:
existe y vive. Para que un niño
deje de hacer esto tiene que ser muy maltratado. Un niño que ya no se expresa es un niño que
ha sido torturado, golpeado y maltratado al punto de callar la vida dentro de
él.
Toda vida termina en
corrupción: muerte, gusanos,
hedentina. Entonces: ¿para qué tanta complicación? ¿Para qué tanto esfuerzo, tanto cuidado, tanta
dedicación? Precisamente para merecer la
vida que no termina en gusanos. Esa vida
que trae el niño, que está unido a Dios, al amor, a la verdad, y no a un mundo
dirigido por hombres, en donde se cometen atrocidades y todo tipo de
injusticias porque las palabras y las cosas han apagado la voz del niño.
El lenguaje del niño es el
lenguaje de la inocencia; el lenguaje de
la fe; el lenguaje de la libertad; el lenguaje de la semilla del amor; el lenguaje de la individualidad. A partir de aquí debemos buscar y encontrar
nuestra identidad. ¿Qué tanto quiero de
mi niño en mi vida? ¿Qué tanto necesito
de él? ¿Qué de lo del niño en mí es
causa de mis sufrimientos, de mis dolores, de mi incapacidad para ser feliz? ¿Cuál es la parte que debo rescatar, y cuál
es la parte a la que debo renunciar a través del crecimiento, porque ya no soy
niño y debo vivir la vida con responsabilidad y madurez?
Las respuestas a esas preguntas no son
fáciles, pero esenciales. El camino
puede ser desagradable y doloroso, pero debe ser recorrido para llegar a ese
lugar de madurez, de plenitud, de felicidad lícita y duradera.
La Biblia nos dice: “Sed niños en la malicia, pero no seáis niños
en la forma de pensar”. Respetando esto
lograremos vivir sin temores, con ansias, sueños, deseos, alegría, intensidad, emoción,
expectativas, esperanza, pero no con insensatez. Es el conocimiento el que nos
permite proteger nuestro corazón de niños, ya que es la inteligencia la que nos
asegura que hagamos lo que hagamos no encontraremos dolor destructivo porque
hemos respetado la ley de la vida.
Aunque hubiera algo de dolor, será un dolor necesario para nuestro
crecimiento. Un dolor que nos permitirá
completar nuestro aprendizaje, pero jamás nos llevará al daño.
“En el amor toda pérdida es ganancia.” (Ami C.B.)
Las pérdidas que sufrimos en el amor deben ser pérdidas voluntarias,
razonadas, escogidas, aceptadas. Nuestro
crecimiento nos permitirá percibir cada vez menos dolor, hasta que lleguemos a
experimentar el gozo de dejar lo inferior por lo superior, lo inútil por lo
útil, lo malo por lo bueno, lo destructivo por lo edificante, lo vacío por lo
importante.
Es mucho más fácil cuidar y proteger
que rescatar. Es más fácil preservar que
restaurar. Es menos difícil guardar lo
que se tiene y se ha logrado que ir por ello.
Pero es Dios quien ha permitido las circunstancias en nuestras vidas con
un propósito divino y perfecto. Una persona
que tiene muchas cosas buenas va a ser muy feliz, y está en todo su derecho de
serlo, si agradece y aprecia lo que se le ha concedido. Pero no podrá desarrollar en su ser interior
cosas que sólo aquéllos que han sufrido pueden desarrollar.
Nuestro niño no debe estar
relegado. No debe ser ignorado. No debe estar dentro de nosotros como un
fastidio, como un estorbo, como algo de más.
Nuestro niño es nuestro verdadero
yo. Es nuestra esencia y nuestra
conexión con el infinito. Debemos
detenernos para encontrarnos con él y comprenderlo. Debemos pedirle perdón por haberlo dejado
sentir tanto frío y dolor. Debemos
charlar con él y comprometernos a oírlo, cuidarlo y defenderlo cada vez que sea
amenazado y atacado. Debemos recomenzar
nuestras vidas con el pie derecho, como
personas completas, integrales, enteras, que no pueden vivir mutiladas.
Y entonces podremos respetar y
compartir el lenguaje del niño sin asustarnos, decepcionarnos, enojarnos,
desesperarnos y equivocarnos, porque no sabíamos que esto es lo correcto,
adecuado, positivo, bueno, deseable y vivificante. Pero ahora ya lo sabemos, y no lo
ignoraremos, ni lo traicionaremos. ¡Lo
disfrutaremos!
Cuánto hay de niño en cada uno
de nosotros es una cuestión de identidad, no una cuestión de malo o bueno. Nadie puede decir: “Esto está bien o mal.” Sólo podemos decir: “Me gusta”;
“Me agrada”: “Me hace
bien.”; “Me desconcierta.”; “No me hace bien”; … y definir así con qué
clase de personas vamos a relacionarnos regularmente, porque son esas con las
que congeniamos. Es
una cuestión de ser, no de hacer.
No está mal que no congeniemos con
todos; está mal que creamos que así debe
de ser, y que forcemos las cosas. El niño reconoce lo que le gusta y lo toma, o
reconoce lo que no le gusta y lo deja. A
esto nosotros agregamos el
conocimiento, la inteligencia, la sabiduría, la voluntad, la responsabilidad, y
seguimos caminando por la vida con una identidad clara, pura, definida, fuerte
y buena.
El niño sólo comprende su propio punto de
vista de la vida; nosotros tenemos la responsabilidad de aplicar el
conocimiento que manejamos, en cada etapa y circunstancia de nuestro caminar; y
debemos respetar a todas aquéllas personas que son muy diferentes a
nosotros. No podemos castigar ni debemos rechazar o despreciar, tan sólo
comprender o/y respetar.
Lo más importante es entender que nadie nació
para “hacer feliz a otro”; todos nacemos con la oportunidad de ser
felices nosotros, y con el reto de compartir esta felicidad con cuantos
podamos y queramos. Tenemos
derecho a la felicidad, y este derecho se cumple en el amor.
En la etapa adulta, como
personas maduras, debemos buscar que nuestros pensamientos estén en armonía con
nuestros sentimientos, aunque parezca una contradicción. Por ejemplo, podemos hablar con una persona
que nos desagrada, y ser respetuosos.
Pero la clave para que todo esto permanezca en total pureza es no negar
adentro de nosotros lo que realmente sentimos hacia esta persona, y además
tener una razón correcta, lícita, para buscar la conversación. Tal vez queremos asegurarnos de que nuestras
razones para rechazar a esta persona son válidas. Tal vez necesitamos confrontar a esta persona
por lo que ha hecho contra nosotros.
Así, en lugar de una contradicción, tenemos plenitud, perfección,
madurez.
La verdadera madurez consiste en
vivir en armonía con nuestro niño y nuestro entorno. Necesitamos la integridad, que es la
disposición para lidiar con la verdad; y
lograremos la madurez, que es la capacidad para lidiar con ella.
Descubramos lo vasto
que es el lenguaje del niño.
Agreguémoslo a nuestras vidas.
Aprendamos a ver la vida en un contexto completo, y a darle a nuestro
“yo” su valor cabal y real, ni más ni menos.
Y disfrutemos vivir, esperando sorpresas; y siendo la sorpresa para
otros que nunca imaginaron que hubiera alguien como tú o como yo.

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