viernes, 23 de agosto de 2019


              El lenguaje de los niños es el más puro de todos los lenguajes que existen:  un lenguaje sin mentiras, sin la capacidad mental para poner las cosas donde las queremos.  Es un  lenguaje totalmente sincero, lleno de verdad, honesto.  Es el primer intento del niño de comunicar.  Desea salir de su cascarón para poder encontrar contacto, relación, comunión.   Luego busca comprensión.

                En el lenguaje del niño no existe:  “Seré rechazado.”  Si esto existiera no se acercaría.  No aparecen frases como:  “Tengo miedo”;  “Es malo”;  “Me dolerá”;  “Es peligroso”, …
                El niño está conectado con la vida y desea encontrarla, sentirla, comprenderla, unirse a ella, hacer un puente.
                Si el niño no tuviera un lenguaje no actuaría.  Cuando el niño extiende su mano ya ha pensado:  “Quiero tocar esto.”


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          Es imposible saber con exactitud qué es lo que el niño está pensando; sólo Dios y él pueden saberlo, aunque ni él mismo pueda comprenderlo, sino solamente sentirlo.  Y aunque parezca algo tonto, inverosímil, falaz e inaceptable, nosotros los adultos podemos usar el lenguaje verbal muy mal, debido a nuestra incapacidad para entender al niño dentro de nosotros.  Estaremos caminando como alguien que está un poco al lado de sí mismo, porque ha roto el hilo entre su niño y su adulto.  Este lenguaje del niño es un lenguaje que debe crecer dentro de nosotros hasta que logremos plenitud en las diferentes áreas de nuestro interior, y permanecer allí por siempre. 

             Hemos creído que anular al niño en nosotros es madurez, pero es todo lo contrario; es haber vuelto fácil algo que no lo es.  Es haber desechado algo esencial, lejos de aprender a manejarlo y aplicarlo correcta y edificantemente.
                El punto a comprender aquí es: Aunque no haya total claridad en nuestros sentimientos o en las circunstancias, debe haber verdad en nuestros principios y razonamientos.  Si hubiésemos entendido esto antes, habríamos podido ahorrarnos muchísimos dolores en todos los ámbitos de la vida.  Se hacen guerras, se rompen relaciones, se provocan heridas profundas, por nuestra incapacidad para comunicar la verdad.  

                La verdad que el niño comunica no está en las palabras;  está en todo lo que él hace.  Pudiendo comprender así que al aprender a hablar mutilamos nuestro ser, dejando a un lado la verdad, para pasar al imperio egoísta.  Las palabras reducen la vida a:  “Esto es lo que quiero que enfoquemos”.  Cuando debe de ser:  “Dentro del contexto del todo, quiero que nos concentremos en este punto por un momento, para …”  Si lográramos esto, podríamos proteger la vida y el amor;  estaríamos en control para defenderlos, en lugar de vivir constantemente en peligro, debido a la falta de verdad.

                Se invierten millones de millones en el mundo entero para averiguar la verdad acerca de tantas cosas:  salud, medicina, corrupción, inestabilidad, inmadurez, problemas sociales, amor, felicidad … Y esto se debe a que no hemos sido enseñados a crecer hablando verdad.  Se nos ha enseñado a callar, a reprimirnos, a mentir, a defender nuestros sentimientos, y al final todo esto no es sino la triste verdad de que estuvimos  a punto de cambiar la verdad por el engaño.
                Si logramos respetar los sentimientos, los deseos, las necesidades de nuestros hijos, intentando descubrir y comprender por qué quieren hacer lo que hacen, vamos a aprender a vivir:  Lo que debemos decir no es:  “¡No toques!”  Si realmente es algo que no debe tocar porque corta, quema, lastima, etc., lo retiramos SIN PALABRAS.  Y nos queda la obligación para con la vida de averiguar por qué quería tocarlo.  Entonces, vemos que quisimos simplificar algo completamente complejo, que demanda el uso de nuestro cerebro, pudiendo explicar por qué ni siquiera Einstein, que es uno de los hombres más inteligentes que han existido, usó más del 10% de su capacidad cerebral.
La vida se compone de millones y millones de partes más pequeñas, y no debemos afligirnos por esa realidad, sino abrirnos a la maravillosa verdad de que debemos percibir lo que está a nuestro alcance:  nuestra personalidad, nuestro entorno, nuestros seres amados, nuestras posesiones, … color, tamaño, luz, distancia, sonido, textura, aroma, olor, temperatura, presión, velocidad, sensación, …
                Cuán vasta, cuán excitante, cuán emocionante, cuán complicada sería la vida entonces, ¿no?  Y así es.  Empieza por nosotros.  Y no termina nunca.  Existen límites protectores para nuestra mente y cuerpo, pero nuestro corazón se une al infinito de la vida eterna, que nos espera en el cielo, en donde no habrá más dolor ni tristeza, ni miedo, ni enfermedad, ni muerte, ni peligros. No tenemos la obligación de averiguar lo que cada persona siente, desea o necesita.  Tenemos la obligación de hacer esto con respecto a nuestra propia vida, y tenemos la obligación de estar en control de nuestra vida, es decir, de aprender y saber todo lo concerniente a lo que cada uno maneja, en lugar de estar aprendiendo cosas que no tienen ninguna relación directa con lo que hacemos a diario.

                Es un verdadero reto que la da sabor, sentido y propósito a nuestras vidas.  No es “hacer”, para que todo esté bien.  Es “ser”, para disfrutar todo lo que está bien; contribuir a que todo permanezca bien, y lograr que todo lo que hagamos esté bien, porque sabemos qué es lo que está bien.

                El niño no se cohíbe. Sonríe, mueve sus manos, sus brazos, … y sus movimientos no son precisamente una descripción perfecta de armonía a ojos de los observadores. Porque no habla, no pide; va por ello; llora porque le cuesta y se siente frustrado;  tiene calor y no puede quitarse el suéter;  tiene sed y no puede pedir agua;  tiene hambre y no puede decirlo.  Se enoja porque siente dolor, y lo expresa;  tira el juguete que lo golpeó.  Hala con fuerza eso que no quiere llegar hasta donde él está, y hace ruido, se pone colorado, se estira, se molesta, se desespera.  Algunos se rinden, otros se lastiman intentando, otros lloran.  Esto es lo que en realidad somos.

                El lenguaje del niño debe permanecer con nosotros.  No debemos asesinar al niño dentro para volvernos egoístas satisfechos que se creen inmaculados porque no emiten ni un solo ruido afuera de lugar.  Adultos que no hacen caras.  Personas que se han desarrollado físicamente al punto de creer que no controlar cada cosa que sienten es un peligro, insensatez, inmadurez, falta de educación, incorrección, despreciable, inadecuado, desagradable, malo.
                ¿Cómo separamos lo uno de lo otro?  ¿Qué es bueno, qué es malo?  ¿Qué es positivo, qué es negativo?  ¿Qué es correcto, qué es incorrecto?  La respuesta a estas preguntas empieza en nuestra individualidad;  nuestra identidad.  Todo encajará perfectamente bien con las leyes de Dios, si empezamos por aceptar la verdad acerca de nosotros mismos.  Sin verdad todo es una pantomima;  hemos logrado construir una fachada atractiva que nos convence de que dios y yo somos casi iguales.
                Libertad.  Para encontrar la verdad necesitamos libertad.  Si creemos estar vivos y tener amor, tenemos que tener libertad.  Libertad es ser nosotros mismos.  Y la libertad que el Hijo de Dios nos ofrece es la libertad de nuestra concupiscencia, de nuestra parte corruptible, de nuestra pecaminosidad, de nuestras inclinaciones y deseos  impuros.

                Al restringir a nuestros hijos los estamos cohibiendo, empujándolos desde temprano a tener en ellos una contradicción entre lo que pueden hacer y lo que la sociedad les enseña que deben hacer;   una contradicción entre lo que desean y quieren, y lo que se les permite y se les exige.  Esto nos lleva a violencia,  que se manifiesta en desesperación, irritabilidad exigencias, agresividad, incumplimiento, inestabilidad, desequilibrio, etc.

                ¿Qué es la vida sin lenguaje?  Una cárcel insoportable.

               No habíamos logrado notar que nuestra forma de comunicación es totalmente inefectiva debido a la falta de verdad.  No se nos permite enojarnos.  “No es sabio ni prudente hablar de nuestros sentimientos”, nos dicen y enseñan.  Somos guiados a vivir en un hermetismo egoísta que nuestra mente y nuestra parte sentimental no pueden manejar.  Pero lo resolvemos todo con bienes materiales, pensamientos, ideas y creaciones, que son nuestros juguetes adultos para aguantar, mal o bien, la presión interna que contenemos sin ni siquiera imaginarlo.
                El niño existe.  El vive.  El desea, se expresa, intenta:  existe y vive.  Para que un niño deje de hacer esto tiene que ser muy maltratado.  Un niño que ya no se expresa es un niño que ha sido torturado, golpeado y maltratado al punto de callar la vida dentro de él.

                Toda vida termina en corrupción:  muerte, gusanos, hedentina.  Entonces:  ¿para qué tanta complicación?  ¿Para qué tanto esfuerzo, tanto cuidado, tanta dedicación?  Precisamente para merecer la vida que no termina en gusanos.  Esa vida que trae el niño, que está unido a Dios, al amor, a la verdad, y no a un mundo dirigido por hombres, en donde se cometen atrocidades y todo tipo de injusticias porque las palabras y las cosas han apagado la voz del niño.
                El lenguaje del niño es el lenguaje de la inocencia;  el lenguaje de la fe;  el lenguaje de la libertad;  el lenguaje de la semilla del amor;  el lenguaje de la individualidad.  A partir de aquí debemos buscar y encontrar nuestra identidad.  ¿Qué tanto quiero de mi niño en mi vida?  ¿Qué tanto necesito de él?  ¿Qué de lo del niño en mí es causa de mis sufrimientos, de mis dolores, de mi incapacidad para ser feliz?  ¿Cuál es la parte que debo rescatar, y cuál es la parte a la que debo renunciar a través del crecimiento, porque ya no soy niño y debo vivir la vida con responsabilidad y madurez?
Las respuestas a esas preguntas no son fáciles, pero esenciales.  El camino puede ser desagradable y doloroso, pero debe ser recorrido para llegar a ese lugar de madurez, de plenitud, de felicidad lícita y duradera.
                La Biblia nos dice:  “Sed niños en la malicia, pero no seáis niños en la forma de pensar”.  Respetando esto lograremos vivir sin temores, con ansias, sueños, deseos, alegría, intensidad, emoción, expectativas, esperanza, pero no con insensatez. Es el conocimiento el que nos permite proteger nuestro corazón de niños, ya que es la inteligencia la que nos asegura que hagamos lo que hagamos no encontraremos dolor destructivo porque hemos respetado la ley de la vida.  Aunque hubiera algo de dolor, será un dolor necesario para nuestro crecimiento.  Un dolor que nos permitirá completar nuestro aprendizaje, pero jamás nos llevará al daño.

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           “En el amor toda pérdida es ganancia.”  (Ami C.B.)  Las pérdidas que sufrimos en el amor deben ser pérdidas voluntarias, razonadas, escogidas, aceptadas.  Nuestro crecimiento nos permitirá percibir cada vez menos dolor, hasta que lleguemos a experimentar el gozo de dejar lo inferior por lo superior, lo inútil por lo útil, lo malo por lo bueno, lo destructivo por lo edificante, lo vacío por lo importante.

                Es mucho más fácil cuidar y proteger que rescatar.  Es más fácil preservar que restaurar.  Es menos difícil guardar lo que se tiene y se ha logrado que ir por ello.  Pero es Dios quien ha permitido las circunstancias en nuestras vidas con un propósito divino y perfecto.  Una persona que tiene muchas cosas buenas va a ser muy feliz, y está en todo su derecho de serlo, si agradece y aprecia lo que se le ha concedido.  Pero no podrá desarrollar en su ser interior cosas que sólo aquéllos que han sufrido pueden desarrollar.

                Nuestro niño no debe estar relegado.  No debe ser ignorado.  No debe estar dentro de nosotros como un fastidio, como un estorbo, como algo de más.  Nuestro niño es nuestro verdadero yo.  Es nuestra esencia y nuestra conexión con el infinito.  Debemos detenernos para encontrarnos con él y comprenderlo.  Debemos pedirle perdón por haberlo dejado sentir tanto frío y dolor.  Debemos charlar con él y comprometernos a oírlo, cuidarlo y defenderlo cada vez que sea amenazado y atacado.  Debemos recomenzar nuestras vidas con el pie  derecho, como personas completas, integrales, enteras, que no pueden vivir mutiladas.
                Y entonces podremos respetar y compartir el lenguaje del niño sin asustarnos, decepcionarnos, enojarnos, desesperarnos y equivocarnos, porque no sabíamos que esto es lo correcto, adecuado, positivo, bueno, deseable y vivificante.  Pero ahora ya lo sabemos, y no lo ignoraremos, ni lo traicionaremos.  ¡Lo disfrutaremos!

                Cuánto hay de niño en cada uno de nosotros es una cuestión de identidad, no una cuestión de malo o bueno.  Nadie puede decir:  “Esto está bien o mal.”  Sólo podemos decir:  “Me gusta”;  “Me agrada”:  “Me hace bien.”;  “Me desconcierta.”;  “No me hace bien”; … y definir así con qué clase de personas vamos a relacionarnos regularmente, porque son esas con las que congeniamos.  Es una cuestión de ser, no de hacer.  

No está mal que no congeniemos con todos;  está mal que creamos que así debe de ser, y que forcemos las cosas.  El niño reconoce lo que le gusta y lo toma, o reconoce lo que no le gusta y lo deja.  A esto nosotros agregamos el conocimiento, la inteligencia, la sabiduría, la voluntad, la responsabilidad, y seguimos caminando por la vida con una identidad clara, pura, definida, fuerte y buena. 
El niño sólo comprende su propio punto de vista de la vida; nosotros tenemos la responsabilidad de aplicar el conocimiento que manejamos, en cada etapa y circunstancia de nuestro caminar; y debemos respetar a todas aquéllas personas que son muy diferentes a nosotros.  No podemos castigar ni debemos rechazar o despreciar, tan sólo comprender o/y respetar. 
Lo más importante es entender que nadie nació para “hacer feliz a otro”;  todos nacemos con la oportunidad de ser felices nosotros, y con el reto de compartir esta felicidad con cuantos podamos y queramos.  Tenemos derecho a la felicidad, y este derecho se cumple en el amor.

               En la etapa adulta, como personas maduras, debemos buscar que nuestros pensamientos estén en armonía con nuestros sentimientos, aunque parezca una contradicción.  Por ejemplo, podemos hablar con una persona que nos desagrada, y ser respetuosos.  Pero la clave para que todo esto permanezca en total pureza es no negar adentro de nosotros lo que realmente sentimos hacia esta persona, y además tener una razón correcta, lícita, para buscar la conversación.  Tal vez queremos asegurarnos de que nuestras razones para rechazar a esta persona son válidas.  Tal vez necesitamos confrontar a esta persona por lo que ha hecho contra nosotros.  Así, en lugar de una contradicción, tenemos plenitud, perfección, madurez.

                La verdadera madurez consiste en vivir en armonía con nuestro niño y nuestro entorno.  Necesitamos la integridad, que es la disposición para lidiar con la verdad;  y lograremos la madurez, que es la capacidad para lidiar con ella.

                Descubramos lo vasto que es el lenguaje del niño.  Agreguémoslo a nuestras vidas.  Aprendamos a ver la vida en un contexto completo, y a darle a nuestro “yo” su valor cabal y real, ni más ni menos.  Y disfrutemos vivir, esperando sorpresas; y siendo la sorpresa para otros que nunca imaginaron que hubiera alguien como tú o como yo.

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